La intolerancia hacia lo ajeno, extraño y desconocido ha llevado a que en la sociedad antioqueña se mantenga el imaginario conservador. Foto ilustrativa.

David Mesa
Lorena Villa

“Los hombres no lloran”, “los hombres no se maquillan”, son solo algunos de los prejuicios con los que se ha educado a la sociedad antioqueña a lo largo del tiempo.

Esto se ha naturalizado como actos machistas que desprecian aquello que se sale de sus normas sociales, condenando a quienes no cumplen con sus ideales a vivir en una incertidumbre por su integridad física y emocional.

Los miembros de la población LGBTIQ+ fueron y siguen siendo de los más afectados, pues son víctimas directas del pensamiento conservador y machista del pueblo antioqueño.

La población LGBTIQ+ ha sido condenada a vivir en el olvido, la marginación y la exclusión por su forma “diferente” de ver el mundo y presentarse ante él. Esto se ve desde los inicios donde tenían que ocultar su identidad sexual.

Aunque ahora el mundo parece ser más libre, los actos de violencia se siguen presentando y sus vidas corren peligro en cualquier lugar.

Pues si bien los actos de discriminación más mediáticos generalmente ocurren en espacios públicos, la pandemia demostró que incluso sus mismos hogares pueden convertirse en un lugar que potencia y da vida a sus inseguridades.

Esto se evidencia en un informe del vicedefensor del pueblo, Jorge Calero, quien reportó ​que de enero a agosto del 2020, la entidad activó las rutas institucionales en 388 casos de violencia contra personas LGBTIQ+.

Cabe aclarar que las instituciones estatales han trabajado en la creación de leyes y políticas públicas que protegen los derechos de los miembros de la población LGBTIQ+; sin embargo, estas medidas no han logrado el impacto necesario para influir en el comportamiento de las personas. Han sido los colectivos sociales quienes han luchado por convertir esa diferencia en algo cotidiano.

Algo se concluye de la lucha por estos derechos: a mayor visibilidad, más violencia

Un ejemplo es el caso de León Zuleta en la década de los 40 en Bogotá, cuando un grupo de hombres homosexuales de clase alta se reunían clandestinamente y se denominaron como “Los Felipitos”.

Más tarde, León crearía el periódico “El Otro”, considerado el primero del país en el cual se compartían ideas a favor de la homosexualidad.

Mismas ideas que lo llevaron a ser blanco de amenazas y señalamientos que culminaron en un brutal asesinato de 23 puñaladas el 22 de agosto de 1993 en la intimidad de su hogar.

Una suerte similar sufrió Manuel Antonio Velandia Mora, activista defensor de los Derechos Humanos y Sexuales, quien fundó la revista “​Ventana Gay” en octubre de 1980.

Años después, en 2002, sufriría un atentado en Bogotá que lo llevaría a pedir asilo en España. El atentado fue motivado por su labor como activista de la equidad de derechos de la comunidad homosexual.

Tanto León Zuleta como Manuel Antonio, son considerados los pioneros en la creación de grupos sociales que dieron visibilidad a la comunidad diversa del país.

Conflicto armado

El conflicto armado ha sido un propulsor para que este tipo de violencia se siga perpetuando en territorios del departamento antioqueño como en las subregiones del Urabá, el Bajo Cauca y el Magdalena Medio.

Esto se debe a la situación de pobreza que trae como consecuencia la desigualdad haciendo que se vulneren los derechos de las personas.

La relación directa con el conflicto armado parte desde el autoritarismo que imponen estos grupos paramilitares, las milicias urbanas y grupos delincuenciales que ocupan la zona y denigran contra la diferencia sexual.

Lo que conlleva a que implanten un modelo social patriarcal y machista que naturaliza la violencia contra los miembros de la población diversa, tal como lo explica Sebastián Arenas, cofundador de la Alianza LGBTI de Antioquia.

La ausencia del Estado se hace visible en factores como la falta de vigilancia, la autorregulación, el autoritarismo de la zona impuesto por los grupos anteriormente
mencionados y la división de buenos y malos, lo que finalmente suscita la violencia por la diferencia sexual en los territorios.

Un caso específico se presenció en 2010 en algunas ciudades del país donde se repartieron panfletos provenientes de grupos paramilitares, en los cuales se amenazaba de muerte a todas aquellas expresiones que se mostraran como diversas.

Relación con lo diferente

Otro de los factores influyentes que permiten que se continúe perpetuando estos actos de violencia hacia los miembros de la población diversa en el territorio antioqueño, es la estructura social dominante patriarcal machista.

Sebastián Arenas Grisales, cofundador de la Alianza LGBTI de Antioquia, señala: “Es una cultura patriarcal machista donde renunciar a la hombría es el peor pecado que se puede cometer. Es por eso que dentro de la comunidad LGBT se ven más afectadas aquellas personas que deciden feminizar sus cuerpos, bien sean las mujeres trans o los hombres gays que renuncian a su masculinidad y optan por ser más femeninos”.

El origen de este rechazo por parte de la sociedad antioqueña se da por la influencia de instituciones como la iglesia, la escuela y la familia, dado que tienden a señalar de impura, inadecuada y no utilitaria la forma de expresión sexual de los miembros de la población diversa, que atenta contra los modelos establecidos de reproducción y búsqueda de placer.

Las agresiones contra la población LGBTIQ+ evidencian un factor común que puede concebirse como una transgresión a las normas de género aceptadas en la sociedad.

Además, cuando son agresiones físicas llegan a tener un mismo denominador, pues se presentan lesiones con muestra de sevicia y tienden a ser actos con demasiada crudeza.

La intolerancia hacia lo ajeno, extraño y desconocido ha llevado a que en la sociedad antioqueña se mantenga el imaginario conservador. Así, lo explica Pedro Adrián Zuluaga, escritor del libro “​Qué es ser antioqueño”

Pues a pesar de no ser una sociedad estrictamente conservadora, sí maneja una relación problemática con lo diferente, el niño diferente y con quien se aparta del camino.

Este pensamiento reaccionario que pretende conservar algo previamente impuesto, termina convirtiéndose en los prejuicios frente a la diversidad, las clases sociales, e, incluso, la raza, que finalmente conllevan a los actos de violencia.

Concepciones culturales

En los últimos años es evidente que la percepción sobre la población diversa ha tenido un cambio significativo, pues se le ha dado más visibilidad, empatía y reconocimiento.

A eso se le suma el cambio de discurso que se ha venido manejando frente a las diferentes situaciones donde se involucra a algún miembro de esta población.

Uno de los casos más puntuales es la variación en el discurso periodístico que tendía a referirse de una manera despectiva y poco inclusiva a la población LGBTIQ+.

Esto influyó en la forma como las personas se referían a ellos en su cotidianidad, pero ahora la dinámica cambió.

Con el uso de las redes sociales y la participación activa de los colectivos que luchan por los Derechos, se ha evidenciado ese llamado a que los medios sean más respetuosos en la forma de referirse a esta población.

El caso más reciente que irritó a los cibernautas ocurrió el 27 de septiembre, cuando un militar asesinó a una mujer trans en Miranda, Cauca.

Los usuarios de las redes sociales repudiaron la forma en que algunos medios como la cadena radial La FM y la Revista Semana titularon el hecho: “​Hombre murió tras disparo de militar en medio de retén en Miranda, Cauca” y “Amor, muerte y perdón”, respectivamente.

Las personas rechazaron la forma insensible e impuntual como se estaban señalando los hechos.

El pensamiento conservador se cambia de dos formas: la primera con el tema de la educación y la segunda a través de acciones afirmativas desde el Estado que le garanticen vida digna a las poblaciones LGBT.

Los actos de discriminación se siguen presentando, pues disminuirlos es un reto que exige la participación y articulación directa de muchos sectores de la sociedad.

Esto no solo lo puede hacer el activismo social comunitario, según lo afirma Sebastián Arenas.

De igual forma, Pedro Adrián Zuluaga manifiesta que “las leyes van más rápido que la cultura”.

Por ende, si existen muchas políticas pero poca voluntad de cambio. Antioquia seguirá siendo un territorio no diverso y afirmaciones como “maquillarse es para maricas” seguirán vigentes en el discurso.

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